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Yo lo he visto caminando por la calle Princesa y hablando consigo mismo o tal vez con su padre. Fue una de esas tantas noches en las que harto de mis pesares y tristezas, harto de Madrid, harto de muchas injusticias, fui a verle al garaje donde trabaja como conserje. Noches aquellas donde hablábamos de todo, donde sentía que la amistad iba creciendo, aunque él no quisiera. Pero era inevitable, todo correspondía a un proceso natural. El vino y las cervezas ayudaban. Nos mostrábamos tal cual somos. Será también que los dos procedemos de abajo, él de los campos de Lauros y yo de las calles desvencijadas de Lima, ambos escribiendo desde el suelo y desde la entraña, sin dobleces. Luego en las calles de Madrid, curtiéndonos sin miedo en las manifestaciones (el año pasado, recuerdo, en una de esas que, llegamos hasta el congreso con un grupo de gente, en cuyo frente habían algunos radicales, me sumé a ellos en primera línea, encarando a la policía y queriendo tumbar las vallas. Gio, ten cuidado, me decía). No me puedo olvidar lo importante que fue su apoyo en muchas situaciones difíciles que pasé, su confianza en mí y en mi poesía, es de las pocas personas que cree en lo que hago desde que me conoce. Por eso ahora se me hace difícil hablar de su libro, porque carezco de objetividad; decir un simple me gusta no estaría a la altura de nada. Yo no puedo decir nada sobre el libro, pensaba, porque desde que descubrí su blog me encantaba lo que escribía, incluso esos poemas que publicaba con el seudónimo de “Burroski” cuando participaba en el foro poético de “Libertad 8”. Igual quería escribir, decir algo sobre su obra, aunque no sepa escribir reseñas. Cada vez que conversaba con él aprendía algo nuevo, alucinaba con lo que sabía y hasta ahora me sigue sorprendiendo. La cantidad de libros que se ha leído los mantiene en su cabeza y para mí siempre es agradable tener una charla con él. Tengo muchos de los cuadernillos con sus poemas y pintadas que regalaba en sus recitales, siempre le pedía dos, uno para mí y otro para Claudia, mi ex novia, porque ella también leía su blog y seguro que lo sigue haciendo. Soy testigo de esa terquedad razonada que tenía a no querer publicar, entre esas razones estaban en que eran muy pocas o ninguna las editoriales que quisieran publicarle sus poemas y sus pintadas sin tener que dejar de escribir y publicar en su blog o seguir regalando sus cuadernillos. Él no cree en la propiedad intelectual, no le importa que copien sus poemas, es una especie de anarquista poético con un corazón grande, con una nobleza de niño, con cierta inocencia de persona que aun no está del todo contaminada por la malicia de la ciudad. Yo le miro a los ojos y veo en ellos limpieza. Lo que escribe es él. Lo que escribe sobre su padre, los poemas, ese dolor que nunca se irá (hay que aprender a vivir con ello, pero no sé como se hace eso, yo no sé nada sobre eso, no puedo decirle nada de eso). “Queréis acostúmbrame a la muerte / pero la muerte / no es ninguna maestra / no es ningún telescopio / la muerte no es ningún atlas / no da sabiduría / la muerte no da nada / más que miedo / silencio / soledad / y rabia”. Ese amor, ese echarle de menos, es lo que hace sentirme más identificado que nunca (aunque mi padre esté vivo, existen barreras infranqueables). Y ni que decir sobre los poemas que le escribió a su ex amor; también la conocí y tengo que decir que me caía bien. Ese amor donde no cabía ningún tipo de remilgo, ni rosas, ni margaritas “La que muerde el candado hasta que saltan las puertas de noche. / La que descubre caimanes en el zumo de naranja”. El hombre que vino a Madrid a querer ser poeta, a dejar su impronta, aunque no le interese tanto eso. El hombre desprendido, el que profesa cariño a la humanidad, el que amó a su vaca y a su perro. Cuando presentó por primera vez el libro en un bar de la calle Pez en Madrid me hizo brotar lágrimas y no sólo a mí, hubo a quienes también le brotaron, fue emocionante, muy emocionante, sobre todo verlo recitar el poema “La muerte” donde se quebró y con la voz rota siguió recitando de memoria. De los poemas políticos me parecen todos acertados, teniendo en cuenta la dificultad que para mí representa escribir un poema político o social sin llegar a ser discursivo o panfletario; quisiera hacer acá un pequeño acápite diciendo que percibo una influencia de Vallejo en algunos de sus poemas políticos como en “Rebeldía” (pag. 132) y “El hombre no ha concluido” (pag. 134), probablemente se ría el poeta cuando lea esto que pienso, porque es más de Neruda, aunque sé que ama a Vallejo. “¡Cómo estiras la trenza de los meses! / ¡Cómo asomas tus brazos de garganta / ante la pluma sorda del jilguero! / ¡Cómo al perro le llamas perro, al loco loco / y al hombre injusticia!”. Del poema del “Andamio” no diré nada porque siempre me lo dedica, es uno de los que más me gusta (Lo dije, mi falta de rigor). Y su pobrecita Natalia “Cráneo de leona política”, aquí el poeta se vuelve a ilusionar por una joven, inteligente y bella estudiante del último año de filología donde los poemas se convierten en una especie de revolución e “infantilería” (he visto la cara de Batania cuando la ve llegar, se pone como un niño) “Ningún sin papeles será detenido esta noche en Madrid; / cuando la mujer que amo se acerque y me bese en los centros, / las patrullas huirán acosadas por troyas de niños salvajes”. Entiendo esa emoción, yo también la sentí, hasta hace poco. El libro “Neorrabioso, poemas y pintadas” vale más que Euskadi y España, juntas. Es probable que me quede corto, pero el libro es la definición de un hombre valiente y bueno, al que conozco, la definición de un loco que se cree Batania.
Gio.
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martes, 17 de julio de 2012
sábado, 31 de marzo de 2012
Voy y vuelvo, eso creo
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Gio.
Dentro de una semana vuelvo a Lima. Me voy, pero volveré. Aún tengo muchas cosas pendientes por hacer en Madrid, en España. Necesito hacer este viaje desde hace un tiempo. Llevo casi dos años sin rumbo. Y me voy con lo puesto. Me echaron del trabajo, como para ponerle la guinda a una época nefasta. Después de 12 años es la primera vez que me ocurre. Y con todo lo bueno que puede significar el viaje, la tristeza que llevo no mengua. Me voy para allá, sólo un breve tiempo; no es hora de volver definitivamente, estoy tan adaptado a Madrid y a todos sus defectos que, siento que aquí debo estar más tiempo. Me voy para ver si encuentro nuevas sensaciones; me voy también para aprender, para crecer; para ver a mi madre y a toda la familia. En mi estancia por allá haré muchas cosas que tenía pendiente, cosas que no pude hacer la última vez que fui. Por lo pronto ya me han invitado a participar en un recital en Lima y otro fuera de la capital. Mi compromiso con la poesía, con mi poesía se redobla, ya que por allá practicamente nadie me conoce. Llevo mucha tensión en el cuerpo, espero poder relajarme allá. El blog sigue, no se cierra, contaré cosas y debo reanudar el nuevo poemario que estaba escribiendo y que dejé parado hace seis meses atrás, para eso se me hace básico volver a esas calles donde andaba de niño. A ver que tal resulta.
Gio.
lunes, 12 de marzo de 2012
El refugio
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Hasta qué punto una persona puede llegar a soportar una serie de acontecimientos desagradables, dolorosos, a veces hasta humillantes.
Desde niño siempre me he cuestionado si la felicidad existe, siempre me afectaba todo lo que ocurría alrededor, sobre todo lo que pasaba en mi casa. El refugio lo encontraba en la calle, jugando al fútbol con los amigos, manejando mi destartalada bicicleta, yendo a la playa, metiéndome en el mar sin saber nadar y aún así lograba deslizarme sobre aquellas olas de la costa verde. Iba forjando mi interior, iba aprendiendo que también en las calles existían las miserias humanas, que las personas no eran perfectas; pero un sentimiento extraño, que salía de lo más profundo de mí, hacia que no dejara de confiar en la gente. A pesar de mi fragilidad física, siempre me trompeaba con quienes pretendían hacerme daño; habían muchos que se metían conmigo y era inevitable el enfrentamiento. Miedo, siempre tuve mucho miedo. Pero explotaba, no podía controlar la rabia, la paciencia se acababa. Sin embargo en casa me comportaba de manera modélica, obedecía a mis padres, hacía mis tareas e intentaba sacar buenas notas, por lo menos intentaba aprovechar los estudios; en la primaria fui un estudiante medio, no sacaba malas notas ni tampoco sobresalientes, historia y lengua era lo que más me gustaba. Mi refugio era la calle, era sentarme en el borde de las aceras, con mis amigos de la infancia y contarnos las cosas que queríamos ser de grandes; era subirnos a los techos de las viejas quintas, callejones y solares, buscando pelotas, botellas, fierros viejos o cualquier objeto de relativo valor para venderlos a los ropavejeros; era jugar a las escondidas y escondernos entre camiones aparcados y casas abandonadas, al que le tocaba buscar se tardaba horas en encontrarnos, sin que faltara las conversaciones sobre lo mucho que habían desarrollado las hermanas mayores de algunos amigos del barrio, haciendo bromas sobre los atributos de cada una de ellas, más que bromas, eran fantasías, pero sin malicia alguna, todas eran bastantes tontas, sólo teníamos entre 8, 9 y 10 años. Era una infancia de mucho aprendizaje, donde los instantes más felices estaban en las calles, casi siempre alrededor de una pelota de fútbol, de un mini torneo de trompo o de canicas, también en algún baile de carnaval cuando veía a los músicos tocando valses y festejos con la guitarra y el cajón, bailando una salsa con las niñas del barrio, o con las hermanas de mis amigo. Eran esas salsas que se bailaban en una baldosa. El ritmo ya marcaba mi andar, aprendí, observando de aquellos músicos, como tocar el cajón. Luego, al volver a casa, buscaba el mueble adecuado para practicar y siempre lo hacía en la mesa de noche de la cama de mi madre, tenía un buen sonido. Todo esto transcurría en mi viejo barrio de La Victoria, en Lima.
A mi madre no le molestaba mucho que volviera a casa con las zapatillas sucias, los pantalones rotos y con la carita echa un asco, de alguna forma sabía que me metía debajo de los carros buscando una pelota o que tal vez me había metido en una pelea. Siempre volvía a casa cuando anochecía, en los veranos, hasta las 7 de la noche. Nunca me permitía salir muy de noche. Cuando oscurecía en el barrio, ya era la hora de los mayores, donde se podía ver muchas cosas, que quizá mi madre, no quería que aún viera. Pero yo ya había visto cosas, ya sabía que existía la droga y los drogadictos, ya sabía que habían peleas entre gente brava de barrio, porque a el hermano mayor de mi amigo Carlos una vez le pegaron por una cuestión de faldas. Aún así creía que mi barrio era bueno, siempre ocurría algo, nunca me aburría en sus calles. Mi madre inmediatamente me mandaba a bañarme para cenar y luego leer un libro, aunque yo prefería leer historietas cómicas, siempre le decía a mi padre que me trajera un “Condorito” y él nos traía (a mis hermanas y a mí), no sólo historietas cómicas, sino también enciclopedias de ciencias naturales. No me disgustaban nada aquellas enciclopedias, las leía todas, sentía algo mágico en el descubrimiento de muchas cosas que aún no aprendía en la escuela. Era fabuloso. Leía en silencio. Y adentrada la noche, no tardaban de llegar los gritos y las peleas de mis padres. No comprendía el comportamiento de mi padre. No entendía como un hombre del que aprendía a tener conciencia social por su ejemplo como abogado que defendía a gente que era muy pobre sin cobrarles era capaz de portarse mal con su mujer; el hombre que me habló por primera vez del “Che” y que me llevó a leer por primera vez a César Vallejo; no podía comprender como mi padre, un hombre que era muy respetado en el barrio por ser de los pocos profesionales que había salido de esas calles y por ganar un juicio al estado para que todos los habitantes de uno de los solares pudieran tener su título de propiedad sin cobrarles ni un sol, sólo por su idealismo, porque no le interesaba hacerse rico, podía maltratar a mi madre. Era una terrible encrucijada. La carga emocional que significaba fue muy pesada. Pensaba en proteger a mi madre y no tardaba en salir en su defensa. Era un niño y ya empezaba a comprender ciertas cosas de los mayores, pero cosas muy malas. En casa no era feliz. Odiaba todas esas situaciones y el primer dolor grande que tuve fue ver una vez a mi madre en el suelo, llorando, con sus gafas rotas. Maldecía a mi padre en esos momentos. Le juré a mi madre que jamás haría eso a una mujer y empezaba a cuestionar la existencia de dios. Entonces la calle se hizo mi refugio hasta las 7 de la noche...
(Continuará o no...)
Gio.
Hasta qué punto una persona puede llegar a soportar una serie de acontecimientos desagradables, dolorosos, a veces hasta humillantes.
Desde niño siempre me he cuestionado si la felicidad existe, siempre me afectaba todo lo que ocurría alrededor, sobre todo lo que pasaba en mi casa. El refugio lo encontraba en la calle, jugando al fútbol con los amigos, manejando mi destartalada bicicleta, yendo a la playa, metiéndome en el mar sin saber nadar y aún así lograba deslizarme sobre aquellas olas de la costa verde. Iba forjando mi interior, iba aprendiendo que también en las calles existían las miserias humanas, que las personas no eran perfectas; pero un sentimiento extraño, que salía de lo más profundo de mí, hacia que no dejara de confiar en la gente. A pesar de mi fragilidad física, siempre me trompeaba con quienes pretendían hacerme daño; habían muchos que se metían conmigo y era inevitable el enfrentamiento. Miedo, siempre tuve mucho miedo. Pero explotaba, no podía controlar la rabia, la paciencia se acababa. Sin embargo en casa me comportaba de manera modélica, obedecía a mis padres, hacía mis tareas e intentaba sacar buenas notas, por lo menos intentaba aprovechar los estudios; en la primaria fui un estudiante medio, no sacaba malas notas ni tampoco sobresalientes, historia y lengua era lo que más me gustaba. Mi refugio era la calle, era sentarme en el borde de las aceras, con mis amigos de la infancia y contarnos las cosas que queríamos ser de grandes; era subirnos a los techos de las viejas quintas, callejones y solares, buscando pelotas, botellas, fierros viejos o cualquier objeto de relativo valor para venderlos a los ropavejeros; era jugar a las escondidas y escondernos entre camiones aparcados y casas abandonadas, al que le tocaba buscar se tardaba horas en encontrarnos, sin que faltara las conversaciones sobre lo mucho que habían desarrollado las hermanas mayores de algunos amigos del barrio, haciendo bromas sobre los atributos de cada una de ellas, más que bromas, eran fantasías, pero sin malicia alguna, todas eran bastantes tontas, sólo teníamos entre 8, 9 y 10 años. Era una infancia de mucho aprendizaje, donde los instantes más felices estaban en las calles, casi siempre alrededor de una pelota de fútbol, de un mini torneo de trompo o de canicas, también en algún baile de carnaval cuando veía a los músicos tocando valses y festejos con la guitarra y el cajón, bailando una salsa con las niñas del barrio, o con las hermanas de mis amigo. Eran esas salsas que se bailaban en una baldosa. El ritmo ya marcaba mi andar, aprendí, observando de aquellos músicos, como tocar el cajón. Luego, al volver a casa, buscaba el mueble adecuado para practicar y siempre lo hacía en la mesa de noche de la cama de mi madre, tenía un buen sonido. Todo esto transcurría en mi viejo barrio de La Victoria, en Lima.
A mi madre no le molestaba mucho que volviera a casa con las zapatillas sucias, los pantalones rotos y con la carita echa un asco, de alguna forma sabía que me metía debajo de los carros buscando una pelota o que tal vez me había metido en una pelea. Siempre volvía a casa cuando anochecía, en los veranos, hasta las 7 de la noche. Nunca me permitía salir muy de noche. Cuando oscurecía en el barrio, ya era la hora de los mayores, donde se podía ver muchas cosas, que quizá mi madre, no quería que aún viera. Pero yo ya había visto cosas, ya sabía que existía la droga y los drogadictos, ya sabía que habían peleas entre gente brava de barrio, porque a el hermano mayor de mi amigo Carlos una vez le pegaron por una cuestión de faldas. Aún así creía que mi barrio era bueno, siempre ocurría algo, nunca me aburría en sus calles. Mi madre inmediatamente me mandaba a bañarme para cenar y luego leer un libro, aunque yo prefería leer historietas cómicas, siempre le decía a mi padre que me trajera un “Condorito” y él nos traía (a mis hermanas y a mí), no sólo historietas cómicas, sino también enciclopedias de ciencias naturales. No me disgustaban nada aquellas enciclopedias, las leía todas, sentía algo mágico en el descubrimiento de muchas cosas que aún no aprendía en la escuela. Era fabuloso. Leía en silencio. Y adentrada la noche, no tardaban de llegar los gritos y las peleas de mis padres. No comprendía el comportamiento de mi padre. No entendía como un hombre del que aprendía a tener conciencia social por su ejemplo como abogado que defendía a gente que era muy pobre sin cobrarles era capaz de portarse mal con su mujer; el hombre que me habló por primera vez del “Che” y que me llevó a leer por primera vez a César Vallejo; no podía comprender como mi padre, un hombre que era muy respetado en el barrio por ser de los pocos profesionales que había salido de esas calles y por ganar un juicio al estado para que todos los habitantes de uno de los solares pudieran tener su título de propiedad sin cobrarles ni un sol, sólo por su idealismo, porque no le interesaba hacerse rico, podía maltratar a mi madre. Era una terrible encrucijada. La carga emocional que significaba fue muy pesada. Pensaba en proteger a mi madre y no tardaba en salir en su defensa. Era un niño y ya empezaba a comprender ciertas cosas de los mayores, pero cosas muy malas. En casa no era feliz. Odiaba todas esas situaciones y el primer dolor grande que tuve fue ver una vez a mi madre en el suelo, llorando, con sus gafas rotas. Maldecía a mi padre en esos momentos. Le juré a mi madre que jamás haría eso a una mujer y empezaba a cuestionar la existencia de dios. Entonces la calle se hizo mi refugio hasta las 7 de la noche...
(Continuará o no...)
Gio.
viernes, 16 de diciembre de 2011
Amistad
Todo empezó en aquel foro de poesía a finales del 2007 y principios del 2008. Yo no sabía quién era. Su seudónimo era Burroski. Publicaba poemas muy “bukowskianos” e irreverentes y todos los lectores (“poetas”) le daban duro con la crítica, incluso llegaban al plano personal; recuerdo que yo defendía esos poemas, en aquel momento me gustaban y a pesar de la sencillez de los versos, encontraba algo que me movía por dentro. No supe quién era el tal Burroski hasta meses después. Recién había creado este blog donde escribía casi todos los días. Era totalmente nuevo en este mundo blogger. Aún asistía al taller de poesía, pero quería que de alguna forma, lo que escribía tuviera opiniones. Entonces interactuaba con otros blogs, también ex “foreros” de aquel foro de poesía. Y por esas idas y venidas por las letras blogueras encontré su blog. Ya era el mes de abril del 2008 y todos los días lo leía. Leía los otros dos blogs que tenía abierto, también. Agradecía haberlo encontrado. Fue grandioso. Había muchas entradas donde los comentarios de los lectores y las respuestas de él eran batallas dialécticas, derroche de conocimientos literarios, apasionados debates; aprendí bastante. Descubrí a poetas que nunca había leído. Debo confesar que no había leído a Panero, ni a Gamoneda, ni a Blas de Otero y a otros muchos, pero gracias a su labor se me abrió todo un mundo de posibilidades en la poesía, otras formas, otras maneras de escribir (aunque esto diga poco de mí). Un día de Setiembre, el poeta, hizo eco de una convocatoria para celebrar un recital poético en la calle, en La Puerta de Sol de Madrid. Fue un recital alternativo a la “noche en blanco”, fuera de las actividades oficiales. Le escribí para apuntarme y ayudar en lo que sea con la organización. Me entusiasmo la idea. Entre otras cosas, el poeta, tuvo la generosa idea de pedir un poema a los bardos que estaban fuera de Madrid y España, para imprimirlos y repartirlos por las calles de esta ciudad, además de hacer unas camisetas para recordar aquella noche. Todo salió estupendo. Al llegar al punto de encuentro, veo a un grupo de muchachos bastantes jóvenes. Irrumpo entre el barullo y pregunto: ¿Quién de ustedes es Batania?... Yo soy Batania, responde un hombre flaco, de facciones marcadas, cabello negro y mirada limpia como de niño. Pues yo soy Giovanni Collazos, le dije. Muy bien, Giovanni, toma tu camiseta, cuánto es, pregunté, nada me dijo, son gratis. Caramba, chévere, pero algo debo hacer aparte de leer poemas, dame un poco de los que te han enviado los poetas que no han venido para ayudarte a repartirlos, le dije. Y empezamos con el recital callejero, callejero como nosotros.
(Continuará)
Gio.
(Continuará)
| Setiembre 2008 |
Gio.
viernes, 2 de diciembre de 2011
Cuentos
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Gio.
Cuando te pones frente al papel y no escribes nada porque ya no quieres seguir versando sobre lo mismo, aun teniendo pendiente otras historias y sentimientos que versar, aun teniendo otras cosas que decir, que contar, la creación se torna opaca, escribes de forma muy oscura o simplemente no escribes nada. Y ya no es que la inspiración se haya ido, sólo que no hay otra cosa en mi cabeza. Me pongo a escuchar todas las noches a Robert Johnson y John Coltrane, la música siempre suele inyectar aire sobre mi cerebro y su influjo suele ser un pulmón que ayuda a la angustia a despejar grietas, sin dejar de cerrar el agujero del pecho. Ese agujero que queda enorme ante toda la ciudad que no basta para el olvido. Todo esto, pienso, es un reflejo: camino con los bolsillos vacíos y realmente ando así, sin nada en los bolsillos, sólo mi permiso de residencia y mis llaves, ya ni siquiera llevo la tarjeta del banco, que tampoco me vale nada. Nunca he necesitado más. Las cosas superficiales no me contaminan. Sólo este ordenador portátil y los libros. Claudia siempre me decía que se sentía orgullosa de mí. De mi fortaleza, de mi bondad, de mi nobleza, de mi talento. Pero eso de qué me sirve. Y mientras escribo estas líneas que no tienen realmente demasiado sentido, toca la puerta de mi habitación desde donde estoy escribiendo, la hija menor de mi compañero de piso, una niña de 5 que es muy lista y le abro, y me enseña un pequeño libro de cuentos infantiles y de paso me dice que le lea uno de los cuentos; le pregunto por su papá y me dice que no está, se ha ido a comprar. Así que no fui malo, le leí un par de cuentos y después he vuelto a este texto. Ahora mismo tengo a Chéjov que me está mirando desde unas hojas amarillentas, lo acabo de adquirir, lo he leído muy poco, pero ahora lo voy a devorar. Me abandonaré a la lectura de sus cuentos y al silencio.
Gio.
sábado, 12 de noviembre de 2011
A flor de piel
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Abrazar el silencio suena tan etéreo, tan intangible, tan metafisico, tan inútil que, prefiero abrazarme a mi mismo; debería abrazar a todos y que cada uno me arrebate la ingenuidad de pensar. Hay infiernos que no son fáciles de digerir, me convidan a la autodestrucción. Los demonios se pasean hasta el fondo y yo los miro, los observo, los enfrento; y sólo algunos se hacen mis amigos. Tener de amigo a un demonio, ja! Si te descuidas te arrancha el badajo para golpearte, no queda otra opción que sobrellevarlo con dignidad. Pero la palabra dignidad que complicada es, no resulta sencillo hacerle justicia. Con la única persona con quien la he perdido ha sido con ella. Nunca antes me había visto capaz de hacer tonterías. Hay cosas de las que me arrepiento. Me pueden patear esos demonios, abrirme en canal, hasta tirar de mis extremidades con caballos como a Tupac Amaru y a lo mucho me dislocaran los huesos, pero nada más. No me dejaré vencer. La relación que llevo con estos hijos de puta es lo que causa mis estados de ánimo y a la vez me hacen escribir, logran inspirarme. Puede parecer un tormento y sí, lo es. Entonces guardo silencio, no hablo con nadie, me alejo de todo el mundo. Me encierro en la habitación, junto a un escorpión disecado que me gustaría que estuviera vivo. Me sumergo en Vallejo, en Rimbaud, en Celan, en Char; en el blues que arde, en el jazz que apacigua, en la música negra de días purísimos que se extinguen. Hay momentos en que ya no importa nada y otros en que te rescatas. Te salvas. Voy aprendiendo a vivir con la angustia. Con esos demonios que no se largan. Aún así siempre ando con los brazos extendidos, con la mirada impaciente, con el fuego interno a flor de piel.
Gio.
Abrazar el silencio suena tan etéreo, tan intangible, tan metafisico, tan inútil que, prefiero abrazarme a mi mismo; debería abrazar a todos y que cada uno me arrebate la ingenuidad de pensar. Hay infiernos que no son fáciles de digerir, me convidan a la autodestrucción. Los demonios se pasean hasta el fondo y yo los miro, los observo, los enfrento; y sólo algunos se hacen mis amigos. Tener de amigo a un demonio, ja! Si te descuidas te arrancha el badajo para golpearte, no queda otra opción que sobrellevarlo con dignidad. Pero la palabra dignidad que complicada es, no resulta sencillo hacerle justicia. Con la única persona con quien la he perdido ha sido con ella. Nunca antes me había visto capaz de hacer tonterías. Hay cosas de las que me arrepiento. Me pueden patear esos demonios, abrirme en canal, hasta tirar de mis extremidades con caballos como a Tupac Amaru y a lo mucho me dislocaran los huesos, pero nada más. No me dejaré vencer. La relación que llevo con estos hijos de puta es lo que causa mis estados de ánimo y a la vez me hacen escribir, logran inspirarme. Puede parecer un tormento y sí, lo es. Entonces guardo silencio, no hablo con nadie, me alejo de todo el mundo. Me encierro en la habitación, junto a un escorpión disecado que me gustaría que estuviera vivo. Me sumergo en Vallejo, en Rimbaud, en Celan, en Char; en el blues que arde, en el jazz que apacigua, en la música negra de días purísimos que se extinguen. Hay momentos en que ya no importa nada y otros en que te rescatas. Te salvas. Voy aprendiendo a vivir con la angustia. Con esos demonios que no se largan. Aún así siempre ando con los brazos extendidos, con la mirada impaciente, con el fuego interno a flor de piel.
Gio.
viernes, 4 de noviembre de 2011
Escribir prosa
Hace tiempo que no escribo prosa y he leído los comentarios del texto de ayer. Parece que ya no lo hago mal. Pero los dos últimos textos fueron escritos sin criba alguna, todo me salió desde dentro, así como la poesía que escribo. Para mí la prosa necesita un especial cuidado, pienso que hay que tener un vocabulario más amplio. Hace unos tres años abrí un blog donde contaba mis "aventuras" en Lima, mientras estuve ahí, cuidando a mi madre. Aunque todo era real y sincero, después de revisar los textos, me di cuenta de que me faltaba mucho para escribir buena prosa. Así que me concentré en escribir exclusivamente poesía. Mi condición de autodidacta me exige exigirme mucho, ser autocrítico, leer todo lo posible. Soy de los que piensa que hay que aprender constantemente.
Da igual de lo que escriba. Si interesa o no interesa. Para ser sincero, nunca pienso en los comentarios, cuando escribo. Si tengo que hacerlo de un tirón porque me lo pide el cuerpo, lo hago. Ya sea poesía o prosa. Lo peor es perder la naturalidad. Por eso me cuesta hacer correcciones en los poemas, sin embargo ya me voy acostumbrando a trabajarlos un poquito después de escupirlos.
Recuerdo al profesor de lengua que tuve en segundo año de media (secundaria), tenía casi trece años; aquel profesor siempre que nos mandaba trabajos para subir la nota, nos dejaba como tarea escribir una historia, un cuento o un relato corto. Fue de los poquísimos profesores que me influyeron en el colegio. Porque hay que ser francos en reconocer que estudiando en una gran unidad escolar de más de mil alumnos, en Lima, se hace difícil encontrar buenos profesores que se preocuparan porque el alumno aprendiera de verdad. No tuve mucha suerte. Pero intenté sacar provecho, en cuanto a lo que me podían aportar, de los profesores que si tenían dedicación. El colegio, enorme, gigantesco; tantas cosas por contar de él. Ya me entró nostalgia. Pero voy a lo que iba. Dicho profesor de lengua, del que estoy intentado recordar su nombre y apellido en este instante... López, se apellida López, pues el profe López en una ocasión decidió hacer que los trabajos sean grupales, entre cuatro. Cada uno escribía una historia, nos indicó que los personajes que existieran dialogaran entre ellos, osea que la historia tuviera dialogo. Y ocurrió que el pequeño relato que escribí fue elegido entre mis compañeros del grupo para que nos represente. No vieron que hacía falta cambiar nada, tampoco teníamos un criterio válido, en aquel momento ninguno leía mucho, casi nada. Se lo presentamos al profe. No dijimos quien fue el autor. El profesor nos puso la nota más alta. Dijo, en plan de broma pensé que, habíamos ganado el concurso ¿Cuál concurso? Pregunté. El profe López nos dijo que iba a haber una actividad en el auditorio del colegio y que el concurso trataba en que la mejor historia que él consideraba se iba a representar en aquella actividad y si nos decía que ese trabajo era para eso, nadie iba a querer hacerlo o ponerle empeño, porque ya nos conocía. Por eso nos indicó que los personajes tuvieran dialogo. Yo me quedé con cara de sorpresa, no era una broma. Mi historia sería representada, no me lo creía. El profe no quiso que lo puliéramos. Así no más, esa naturalidad está bien, nos dijo. Los compañeros terminaron por contarle al profe que la historia la escribí yo. La historia iba sobre un partido de fútbol en mi barrio y que sólo había jugado medio tiempo. Salí pateado, lesionado. Era la final de un campeonato que jugamos los muchachos del barrio cuando tuve doce años. El equipo contrario ya tenía más tablas y eran más grandes. Nosotros, flaquitos, con menos experiencia en jugar campeonatos. Llegamos a aquella final con picardía, con coraje, con ganas de divertirnos. Siempre jugábamos en la calle, en las pistas, esquivando los carros, saltando los baches, con un par de piedras de portería. No valían marcar goles que no fueran al ras del suelo, si la pelota daba botes o no iba al ras del suelo, el gol no era válido. Había que tener una técnica especial para lograr marcar. Qué formidables recuerdos. El campeonato se jugó con porterías normales. Ganamos aquella final, fue épica. Los amigos siempre la recordamos. Pues escribí sobre ello aquella vez. Lo curioso es que no le conté a mis padres que había ganado una especie de concurso literario y que mi "obra" iba a ser representada en el auditorio del colegio, entre otras representaciones. Sólo ya de adulto, a veces le doy la lata a mi madre con esa historia y a algunos colegas.
Osea, antes de escribir el primer poema, ya había escrito algunos pequeños relatos. Pero bastantes malos, para mi gusto actual. Pero la cuestión es no perder la frescura, la naturalidad. Intentar transmitir en un relato, también. Es complicado. Pero es menos difícil si se hace desde dentro.
Gio.
Da igual de lo que escriba. Si interesa o no interesa. Para ser sincero, nunca pienso en los comentarios, cuando escribo. Si tengo que hacerlo de un tirón porque me lo pide el cuerpo, lo hago. Ya sea poesía o prosa. Lo peor es perder la naturalidad. Por eso me cuesta hacer correcciones en los poemas, sin embargo ya me voy acostumbrando a trabajarlos un poquito después de escupirlos.
Recuerdo al profesor de lengua que tuve en segundo año de media (secundaria), tenía casi trece años; aquel profesor siempre que nos mandaba trabajos para subir la nota, nos dejaba como tarea escribir una historia, un cuento o un relato corto. Fue de los poquísimos profesores que me influyeron en el colegio. Porque hay que ser francos en reconocer que estudiando en una gran unidad escolar de más de mil alumnos, en Lima, se hace difícil encontrar buenos profesores que se preocuparan porque el alumno aprendiera de verdad. No tuve mucha suerte. Pero intenté sacar provecho, en cuanto a lo que me podían aportar, de los profesores que si tenían dedicación. El colegio, enorme, gigantesco; tantas cosas por contar de él. Ya me entró nostalgia. Pero voy a lo que iba. Dicho profesor de lengua, del que estoy intentado recordar su nombre y apellido en este instante... López, se apellida López, pues el profe López en una ocasión decidió hacer que los trabajos sean grupales, entre cuatro. Cada uno escribía una historia, nos indicó que los personajes que existieran dialogaran entre ellos, osea que la historia tuviera dialogo. Y ocurrió que el pequeño relato que escribí fue elegido entre mis compañeros del grupo para que nos represente. No vieron que hacía falta cambiar nada, tampoco teníamos un criterio válido, en aquel momento ninguno leía mucho, casi nada. Se lo presentamos al profe. No dijimos quien fue el autor. El profesor nos puso la nota más alta. Dijo, en plan de broma pensé que, habíamos ganado el concurso ¿Cuál concurso? Pregunté. El profe López nos dijo que iba a haber una actividad en el auditorio del colegio y que el concurso trataba en que la mejor historia que él consideraba se iba a representar en aquella actividad y si nos decía que ese trabajo era para eso, nadie iba a querer hacerlo o ponerle empeño, porque ya nos conocía. Por eso nos indicó que los personajes tuvieran dialogo. Yo me quedé con cara de sorpresa, no era una broma. Mi historia sería representada, no me lo creía. El profe no quiso que lo puliéramos. Así no más, esa naturalidad está bien, nos dijo. Los compañeros terminaron por contarle al profe que la historia la escribí yo. La historia iba sobre un partido de fútbol en mi barrio y que sólo había jugado medio tiempo. Salí pateado, lesionado. Era la final de un campeonato que jugamos los muchachos del barrio cuando tuve doce años. El equipo contrario ya tenía más tablas y eran más grandes. Nosotros, flaquitos, con menos experiencia en jugar campeonatos. Llegamos a aquella final con picardía, con coraje, con ganas de divertirnos. Siempre jugábamos en la calle, en las pistas, esquivando los carros, saltando los baches, con un par de piedras de portería. No valían marcar goles que no fueran al ras del suelo, si la pelota daba botes o no iba al ras del suelo, el gol no era válido. Había que tener una técnica especial para lograr marcar. Qué formidables recuerdos. El campeonato se jugó con porterías normales. Ganamos aquella final, fue épica. Los amigos siempre la recordamos. Pues escribí sobre ello aquella vez. Lo curioso es que no le conté a mis padres que había ganado una especie de concurso literario y que mi "obra" iba a ser representada en el auditorio del colegio, entre otras representaciones. Sólo ya de adulto, a veces le doy la lata a mi madre con esa historia y a algunos colegas.
Osea, antes de escribir el primer poema, ya había escrito algunos pequeños relatos. Pero bastantes malos, para mi gusto actual. Pero la cuestión es no perder la frescura, la naturalidad. Intentar transmitir en un relato, también. Es complicado. Pero es menos difícil si se hace desde dentro.
Gio.
jueves, 3 de noviembre de 2011
Dudas
No es malo tener dudas. Las certezas son más complicadas. La duda te hace ver y escuchar otras voces. La certeza es lo definitivo, lo comprometido. Yo tengo de ambas. Si dudas no arriesgas. Hay cosas en las que no arriesgo. Si estás seguro de algo, no importa el peligro. Hay cosas en las que no tengo miedo. Ella me dijo una vez que estoy desequilibrado, que necesito terapia. Yo le dije que soy capaz de eso y de cualquier cosa si vuelve conmigo. Me dijo que lo pensaría, luego me dijo que no. Dudó. Por un momento, dudó. No tuvo certeza.
Vivo entre libros, folios con apuntes, viejos cuadernos, fotografías, discos, recuerdos. Cocino. Cocinar me relaja. La comida peruana me equilibra. Un buen pescado fresco sudando entre cebollas, ajos, ají amarillo, tomates, sal y pimienta. Un punto de Kión (gengibre). Al final un chorrito de limón. Todo acompañado con una buena porción de arroz blanco, graneadito.
Terapia. Ella sabe que no creo en esa mierda. Que ni siquiera concibo la escritura para esos fines. Siendo un niño, mis padres, me llevaron a psicólogos en varias ocasiones, pero a distintos psicólogos. No me aguantaba ninguno. Y lo hacía adrede. Sabían que jugaba con ellos. Era mi forma de protestar porque si había algún problema conmigo la razón estaba en mi propia casa. Era niño, pero no tonto. Mis padres se echaban la culpa entre ellos. Yo tenía claro la raíz del problema y ellos no se daban cuenta. Estando en las calles de mi viejo barrio, jugando al fútbol, esquivando carros, jugando al trompo, a las canicas, cazando arañas entre las paredes de quincha y adobe, agarrándome a trompadas con niños de otros barrios, tomándome una "Inca Kola" heladita para refrescarme en verano o un emoliente hirviendo para el húmedo invierno, comiendo ceviche y anticuchos en el mercado, bebiendo extractos de papayas, plátanos, lúcumas, fresas con algarrobina; todo eso me protegía de mi casa. Y ya de casi adulto, estando en Madrid, el primer año, el choque fue brutal. Me vi con la obligación de cambiar mi mentalidad, me hice fuerte. Yo solo, sin la ayuda de nadie.
Sin embargo podría hacer hasta eso, si ella vuelve. Pero no será así.
Ahora vivo cerca del Río Manzanares. No es el Rímac. Madrid no es Lima. Son parecidas y distintas. Siempre que entro en estados profundamentes depresivos en estos últimos 17 meses me planteo la idea de volver a Lima. Acogerme al "plan retorno" de este gobierno, donde me dan el dinero que me corresponde por mis aportaciones durante mi estancia y del tiempo que he trabajado, a cambio de volver a mi país y no poder regresar a España durante tres años. Son 12 años en España. Y nunca he cobrado el paro. Siempre me he buscado la vida, siempre he trabajado. Es una desición muy difícil, siempre dudo. A veces ya no sé si mi vida está aquí.
Le digo que sí, estoy un poco desequilibrado. Pero qué esperas, me conociste así y te gustaba. Me conociste mujeriego y cambié por ti. Por otro lado, tú creíste en mí, confiaste en mí, cuando yo no creía en mi capacidad o en mi talento para escribir poesía, pero me convenciste, me ayudaste a recuperar la confianza y volví a escribir... no he parado hasta ahora. Tus ojos aerolitos, tu boca magneto, tu fondo noble de peruana deliciosa. Limeña salpicada de melcocha, de huecesillos humeantes.
Siempre he perdido, esa es mi historia.
Gio.
Vivo entre libros, folios con apuntes, viejos cuadernos, fotografías, discos, recuerdos. Cocino. Cocinar me relaja. La comida peruana me equilibra. Un buen pescado fresco sudando entre cebollas, ajos, ají amarillo, tomates, sal y pimienta. Un punto de Kión (gengibre). Al final un chorrito de limón. Todo acompañado con una buena porción de arroz blanco, graneadito.
Terapia. Ella sabe que no creo en esa mierda. Que ni siquiera concibo la escritura para esos fines. Siendo un niño, mis padres, me llevaron a psicólogos en varias ocasiones, pero a distintos psicólogos. No me aguantaba ninguno. Y lo hacía adrede. Sabían que jugaba con ellos. Era mi forma de protestar porque si había algún problema conmigo la razón estaba en mi propia casa. Era niño, pero no tonto. Mis padres se echaban la culpa entre ellos. Yo tenía claro la raíz del problema y ellos no se daban cuenta. Estando en las calles de mi viejo barrio, jugando al fútbol, esquivando carros, jugando al trompo, a las canicas, cazando arañas entre las paredes de quincha y adobe, agarrándome a trompadas con niños de otros barrios, tomándome una "Inca Kola" heladita para refrescarme en verano o un emoliente hirviendo para el húmedo invierno, comiendo ceviche y anticuchos en el mercado, bebiendo extractos de papayas, plátanos, lúcumas, fresas con algarrobina; todo eso me protegía de mi casa. Y ya de casi adulto, estando en Madrid, el primer año, el choque fue brutal. Me vi con la obligación de cambiar mi mentalidad, me hice fuerte. Yo solo, sin la ayuda de nadie.
Sin embargo podría hacer hasta eso, si ella vuelve. Pero no será así.
Ahora vivo cerca del Río Manzanares. No es el Rímac. Madrid no es Lima. Son parecidas y distintas. Siempre que entro en estados profundamentes depresivos en estos últimos 17 meses me planteo la idea de volver a Lima. Acogerme al "plan retorno" de este gobierno, donde me dan el dinero que me corresponde por mis aportaciones durante mi estancia y del tiempo que he trabajado, a cambio de volver a mi país y no poder regresar a España durante tres años. Son 12 años en España. Y nunca he cobrado el paro. Siempre me he buscado la vida, siempre he trabajado. Es una desición muy difícil, siempre dudo. A veces ya no sé si mi vida está aquí.
Le digo que sí, estoy un poco desequilibrado. Pero qué esperas, me conociste así y te gustaba. Me conociste mujeriego y cambié por ti. Por otro lado, tú creíste en mí, confiaste en mí, cuando yo no creía en mi capacidad o en mi talento para escribir poesía, pero me convenciste, me ayudaste a recuperar la confianza y volví a escribir... no he parado hasta ahora. Tus ojos aerolitos, tu boca magneto, tu fondo noble de peruana deliciosa. Limeña salpicada de melcocha, de huecesillos humeantes.
Siempre he perdido, esa es mi historia.
Gio.
Confesión
Esta noche al salir del "Bukowski Club" me desvié de mi camino hacía el metro y compré unas latas de cerveza. Llovió en Madrid, las calles estaban mojadas, habían charcos por todas partes. Caminé sin rumbo hasta que metí un pie en una baldosa rota y me mojé toda la zapatilla, el agua penetró hasta el hueso. Llevaba en mi mano izquierda a Vallejo. Lo estuve leyendo y releyendo todo el día de hoy. Ese libro para mí son las sagradas escrituras. Seguí caminando, me bebí todas las cervezas, solitario. Estaba triste, sigo triste. Todos me ven sonriente, me habían visto sonriente, pero todo es para protegerme. Nunca me bebo una cerveza estando solo, no me gusta. Esta vez me bebí varias. El metro aún no había cerrado sus puertas, aunque ya no circulaban más trenes. Entré en la estación de La Latina y me quedé encerrado por unos minutos; mientras esperaba me puse a escribir un poema, donde el nombre de ella aparece en todos los versos. Como diría en Lima: "estoy cagado", mal, jodido... ya ha pasado muchos meses, pero esto continua. Me desoriento completamente. Tengo mucha rabia contenida, mucho dolor que siempre aflora cuando bebo, cuando escribo, cuando pienso. Luego quise salir del metro y encontré un botón a lado de la puerta que permite abrir por dentro, no recordaba eso. Llegué caminando hasta Marqués de Vadillo, algo borracho y con los ojos húmedos. El puente que cruza el río Manzanares es muy bonito para tirarse, pensé. Reaccioné rápido y me di cuenta de la tremenda estupidez que pensé. Amo a esa mujer, sin que ella haga lo mismo. Lo mío es crónico. La tristeza no tiene cura, sólo se oculta, pero no dura mucho el autoengaño. Ya han pasado muchos meses y por más que he mantenido mi cabeza ocupada, todo sigue igual. Hace tiempo que dejé de escribir de forma confesional, pero esta madrugada tenía que hacerlo.
Gio.
Gio.
martes, 18 de octubre de 2011
Un nuevo comienzo
Te puedes cambiar de calle, de casa, de ciudad, de país, de hábitos, de cepillo de dientes, de peinados, de gafas, hasta de dientes, si te da la gana. Y cómo no, de blog; aunque sólo sea el formato. Pero el fondo nunca cambia. En el fondo, por más esfuerzos que se haga, por más golpes que hayas recibido, siempre queda la esencia. La persona es más importante que el poeta qué habita en ella. Lo humano es y debe ser el medio y el fin para escribir.
Hago estas simples reflexiones a modo de introducción, anunciando así mi retorno al blog. Y verán que lo he dividido en 4 partes (de momento), cada parte lleva el título de los poemarios que he escrito, menos el nuevo, que aún no consigo encontrar el título preciso. La idea es ir colgando en estos días los poemas correspondientes a cada "sección", poemas a que los voy haciendo pequeñas correcciones y a la vez seguir escribiendo nuevos poemas. En esta página principal, habrá de todo un poco, pero yo quiero centrarme sólo en escribir poesía. En ningún momento quiero alejarme de mi vertiente política y social, pero en eso prefiero más activista que pasivo escritor (tampoco quiero escribir poemas sociales y políticos como simples panfletos, para eso sólo escribiré opinión. Lograr hacer poesía de estos temas es complicado, aún no me siento a la altura, hay poetas que si saben hacerlo bien. Considero que debo seguir aprendiendo de las lecturas y del mismo acto de escribir).
Así que sin más chamullo, aquí vamos de nuevo (de todas maneras sigo siendo una montaña rusa de estados de ánimo) sin saber si realmente la poesía que escribo es leída y bien recibida. Cuando escribo nunca pienso en eso, es lo último que pasa por mi cabeza, pero tampoco me ha importado. Sólo me interesa aprender y crecer.
Gio.
Hago estas simples reflexiones a modo de introducción, anunciando así mi retorno al blog. Y verán que lo he dividido en 4 partes (de momento), cada parte lleva el título de los poemarios que he escrito, menos el nuevo, que aún no consigo encontrar el título preciso. La idea es ir colgando en estos días los poemas correspondientes a cada "sección", poemas a que los voy haciendo pequeñas correcciones y a la vez seguir escribiendo nuevos poemas. En esta página principal, habrá de todo un poco, pero yo quiero centrarme sólo en escribir poesía. En ningún momento quiero alejarme de mi vertiente política y social, pero en eso prefiero más activista que pasivo escritor (tampoco quiero escribir poemas sociales y políticos como simples panfletos, para eso sólo escribiré opinión. Lograr hacer poesía de estos temas es complicado, aún no me siento a la altura, hay poetas que si saben hacerlo bien. Considero que debo seguir aprendiendo de las lecturas y del mismo acto de escribir).
Así que sin más chamullo, aquí vamos de nuevo (de todas maneras sigo siendo una montaña rusa de estados de ánimo) sin saber si realmente la poesía que escribo es leída y bien recibida. Cuando escribo nunca pienso en eso, es lo último que pasa por mi cabeza, pero tampoco me ha importado. Sólo me interesa aprender y crecer.
Gio.
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