martes, 7 de febrero de 2012

Un barco nublado

.
No,
ya no puedo replegarme en tus costillas
pegando mi cabeza a tu suelo vientre,
a tu ventana de vuelos, donde acordes de viento salían de tu boca.
Tu boca de ráfaga flotante, hábitat común de una mantis benevolente, tan cálida
como si bebiera un emoliente que batalla en mi garganta.

No,
ya no respiraré la humedad de tu Lima, de tu Chorrillos ungido
por un barco nublado,
ni subiré al transiberiano, aquel que me llevaba hasta tu distraída mirada,
porque me has negado el camino.
Tu martini suave y mi pisco ardiente, corren el riesgo de perderse
en cualquier noche donde ya no seremos nosotros.
Tú te vestirás de cielorraso con tu piel terrestre, yo me amputaré la angustia
marchitando el ayuno.

Y sí,
sigo sin aprender a dormir solo, sin tu voz en mi crepúsculo,
sin tus charcos de uñas en mi confusión de cerro.
Esa reminiscencia de tu sexo que quedaba en mis dedos
aún la conservo en mis papilas,
me asfixian dulcemente, cargadas de luces penitentes con mi cóncavo cangrejo
atado a tu coxis
y a tu cintura encrespada haciendo multitud en todo mi organismo.

Y sí,
mi existencia se hace de asfalto y chimenea, se hace de noche
entre kilómetros de carne sin refugio, con mis ojos de sombras
que sólo gotean inviernos. Y no me callo,
mastico el silencio, lo hago nervio
a la desazón de la ausencia que me devora
y me alejo del ruido,
el ruido de mi cráneo partido.







Gio.