Esta noche al salir del "Bukowski Club" me desvié de mi camino hacía el metro y compré unas latas de cerveza. Llovió en Madrid, las calles estaban mojadas, habían charcos por todas partes. Caminé sin rumbo hasta que metí un pie en una baldosa rota y me mojé toda la zapatilla, el agua penetró hasta el hueso. Llevaba en mi mano izquierda a Vallejo. Lo estuve leyendo y releyendo todo el día de hoy. Ese libro para mí son las sagradas escrituras. Seguí caminando, me bebí todas las cervezas, solitario. Estaba triste, sigo triste. Todos me ven sonriente, me habían visto sonriente, pero todo es para protegerme. Nunca me bebo una cerveza estando solo, no me gusta. Esta vez me bebí varias. El metro aún no había cerrado sus puertas, aunque ya no circulaban más trenes. Entré en la estación de La Latina y me quedé encerrado por unos minutos; mientras esperaba me puse a escribir un poema, donde el nombre de ella aparece en todos los versos. Como diría en Lima: "estoy cagado", mal, jodido... ya ha pasado muchos meses, pero esto continua. Me desoriento completamente. Tengo mucha rabia contenida, mucho dolor que siempre aflora cuando bebo, cuando escribo, cuando pienso. Luego quise salir del metro y encontré un botón a lado de la puerta que permite abrir por dentro, no recordaba eso. Llegué caminando hasta Marqués de Vadillo, algo borracho y con los ojos húmedos. El puente que cruza el río Manzanares es muy bonito para tirarse, pensé. Reaccioné rápido y me di cuenta de la tremenda estupidez que pensé. Amo a esa mujer, sin que ella haga lo mismo. Lo mío es crónico. La tristeza no tiene cura, sólo se oculta, pero no dura mucho el autoengaño. Ya han pasado muchos meses y por más que he mantenido mi cabeza ocupada, todo sigue igual. Hace tiempo que dejé de escribir de forma confesional, pero esta madrugada tenía que hacerlo.
Gio.